sábado, marzo 20, 2010

La batalla contra el excepticismo

En la discusión política surgen numerosos ejes en los que posicionarnos y que nos sitúan dentro de ese espacio multidimensional. La página Political Compass plantea un test que nos posiciona en torno a dos ejes, izquierda-derecha, autoritarismo-libertarismo que ayuda a hacer una diferenciación más fina que la clásica en un solo eje, permitiendo por ejemplo entender como extrema derecha posicionamientos que se califican de centristas por el solo hecho de no defender el autoritarismo ligado al fascismo.

En realidad se me ocurren muchos otros asuntos que resultan transversales a lo que entenderíamos como izquierdismo y derechismo. Así encontraríamos en España la defensa de un modelo de estado más o menos centralizado, e igualmente podríamos hablar del pensamiento ecológico, etc. Que entre la izquierda predomine por ejemplo una visión más ecológica no implica que dichos pensamientos no puedan darse igualmente en gente perfectamente de derechas y que no existan en otras gente que se autocalifican como de izquierdas.

Ya me he decantado en el pasado por el igualitarismo como único elemento que permite identificarse de verdad con el izquierdismo. Frente a ello estarían pensamiento ligados al darwinismo social que defienden la supremacía del "mejor" como elemento clave para un progreso que se debe despojar para ello de todo humanitarismo que lo frene. El problema se podría resumir en una preferencia por un modelo que busca maximizar el bienestar mínimo frente a la opción de aumentar el bienestar total sin importarle arrojar a parte de sus miembros a la miseria.

La gran derrota de la izquierda tradicional ha venido cuando las socialdemocracias han asumido que los intentos de controlar la asignación que el mercado hace de los recursos en busca de un reparto más justo llevan intrínsecamente ligados el descenso del resultado global y por tanto del bienestar de las clases más necesitadas. Es una izquierda que ha perdido la fé en poder cambiar las cosas, y se limita a intentar limar un poco los excesos más extremos del sistema. Es una izquierda que piensa que la izquierda no es posible y que aunque siga defendiendo un igualitarismo en aspectos como la libertad sexual, el racismo o la discriminación de género, se ha rendido a perseguirlo en materia económica.

Frente a esa izquierda que ya no lo es, estamos quienes hemos seguido defendiendo que hay otro mundo posible que pasa efectivamente por un creciente control público en el ámbito de lo económico. De las dificultades de la planificación total de la economía en ausencia de mercado sabemos por la experiencia soviética. De la catástrofe a que lleva el dejar al mercado actuar libremente hemos sabido siempre en forma de bolsas de miseria a las que no hemos querido mirar cuando nos encontrábamos entre los afortunados durante la bonanza. Nos resultará mucho más difícil obviarlo cuando la crisis generalizada del sistema nos arroje a posiciones menos privilegiadas.

Si el pensamiento social tiene como dicen algunos un componente pendular importante, es innegable que ahora mismo los ojos tienden a volverse hacia el fortalecimiento del papel de lo público en la regulación económica. Creo también que afortunadamente los patéticos intentos de volver al liberalismo salvaje chocarán con la tozuda realidad de una debacle económica que no va a desaparecer por el hecho de creer en ello; y si bien llevará algún tiempo expulsar de las mayorías el pensamiento dominante, estoy convencido que es un proceso inevitable en un grado por determinar.

Aunque el viento vaya soplando a nuestro favor, tenemos la responsabilidad de poner encima de la mesa algo más que viejas recetas. Existen retos y problemas que nosotros desde la izquierda no podemos tampoco obviar. El dilema de conseguir que lo público no sea identificado como ineficiente es uno de ellos, y es que resulta evidente que existe una dificultad para conseguir que todo el mundo arrime el hombro cuando el objetivo final no es el puro beneficio particular, sino el común. Otro no menos importante consiste en que sepamos dotarnos de métodos de participación democrática no solo en la esfera de lo político-legislativo, sino también en lo económico, evitando que tendamos al establecimiento de oligarquías que dominen la toma de decisiones importantes. Si somos capaces de hacer planteamientos novedosos y creíbles que nos alejen de la identificación del socialismo con el autoritarismo y la ineficiencia, estaremos preparados para convencernos primero a nosotros mismos y posteriormente a nuestros conciudadanos de que tenemos una alternativa que no sea simplemente menos mala que este cruel e inhumano sistema en el que de momento sobrevivimos.

Yo soy un 0ptimista de fondo, y defiendo que la humanidad tiene mucha más tendencia al altruismo, a la colaboración y a la empatía de lo que nos quieren hacer creer. Ante la imposibilidad de convencer a la gente de lo deseable de que el fuerte pise al debil en su crecimiento, las clases favorecidas han triunfado en llevar a la gente al pensamiento de que no hay alternativas; el resultado es una ciudadanía escéptica y que prefiere no participar activamente. Romper con ese excepticismo será clave para que por fin las cosas cambien.