sábado, febrero 28, 2009

La culpa es nuestra

Hace un año, nuestro sibilino presidente afrontaba la crisis que nos asola negándola con el mismo desparpajo con el que el niño niega su culpabilidad ante cualquier desaguisado. Resulta un fenómeno curioso que se repite con todos y cada uno de nuestros dirigentes, es la misma desenvoltura con la que Aznar afirmaba que Irak tenía armas de destrucción masiva, o con el que Esperanza Aguirre monta un mini golpe de estado en la Comunidad de Madrid y luego mira con cara de inocente monja beata. Lo de las últimas semanas de escándalos destapados en el PP parece que profundiza aún más en el problema, con los dirigentes del partido rasgándose las vestiduras ante una supuesta persecución cuando las pruebas de los delitos resultan absolutamente abrumadoras.

Que la mayoría de los políticos en el poder carecen de vergüenza a la hora de mentir a sus votantes y “súbditos”, es algo que ya damos por descontado, pero resulta absolutamente sorprendente la falta de reacción por parte de los engañados que sufrimos todas las consecuencias de los desaguisados. Tipos sobre los que recaen evidencias de corrupción resultan elegidos mayoritariamente por los ciudadanos a los que ha robado y estafado, dejándonos nuestra única esperanza de que paguen sus culpas en manos de que aparezca algún Garzón que los meta en la cárcel o los haga pasar al menos un mal rato. Las cúpulas de los partidos afectados hacen cábalas electorales para estimar si es mejor dejar al sinvergüenza corrupto en su cargo a la espera de que escampe, o si conviene destituirle para poder presumir de limpieza y poder acusar al partido de enfrente de no hacer lo propio.

La pregunta necesaria es ¿porqué tragamos con todo esto? ¿Porqué aceptan los votantes mentiras tan evidentes y desmanes tan obvios? ¿Es que la gente es tan imbecil como para creerse las miserables excusas trufadas de victimismo y lamentaciones de persecuciones insostenibles incluso para el más paranoico? Supongo que es el caso en un porcentaje de gente, pero me niego a aceptar que la estupidez esté tan generalizada. Hay otro ingrediente que resulta clave en este podrido guiso que permite a esa caterva que sigan haciendo de su capa un sayo y que se rían de todos nosotros, un ingrediente que tiene que ver con la apelación al espíritu de la tribu y que alcanza sus máximos exponentes en la política local en manos de los nacionalistas. El sistema consiste en convertir la política en una lucha entre dos bandos enfrentados, de forma que una vez que consigues que la gente se identifique con uno de los dos bandos su lealtad y seguidismo está casi garantizada. La racionalidad desparece sustituido por el mucho más primario sentimiento de defensa del grupo ante el ataque exterior.

Para que todo funcione según estas pautas resulta necesario polarizar a la población, y para ello se ha construido un sistema bipartidista a partir de una normativa electoral absolutamente perversa; bipartidismo que se ha extendido a los medios de comunicación dando lugar a una corrupción casi peor que la económica, en la que los periodistas han renunciado a toda ética para convertirse en engranajes de este juego que nos roba la democracia. Por detrás de esa casta de políticos en el escaparate se encuentran las personas que manejan el poder económico que son los grandes beneficiados de la falta de soberanía de la gente, y que mantienen un control absoluto sobre quien accede o no al poder gracias a su dominio de los medios y de la capacidad de prestar el dinero para las costosas campañas de publicidad que se necesitan para mantener a la gente en este estado de estupidez y engaño.